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“Me ha alzado el talón” – Sermón del pastor David Jang

1. El Salmo 41 y Juan 13Este escrito reflexiona, basándose en la predicación del pastor David Jang, sobre las palabras de Jesús en Juan 13:18-19: "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar", y su trasfondo en el Antiguo Testamento, específicamente el Salmo 41. En Juan 13:18-19, Jesús cita el versículo del Salmo 41:9 durante la última cena. Allí, el Señor, tras lavar los pies de sus discípulos y compartir con ellos el pan y la copa, explica el significado de su inminente muerte y subraya la razón por la cual los discípulos deben amarse unos a otros. Sin embargo, Jesús aclara que no se refiere a todos los que están presentes, y declara: "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar", advirtiendo que uno de sus discípulos traicionaría Su amor. Se trata de Judas Iscariote, y el Señor, recordando el Salmo 41, añade: "para que se cumpla la Escritura". Así, no solo revela que lo anunciado en el Antiguo Testamento encuentra su cumplimiento en él, sino también que entre los discípulos está a punto de suceder la más trágica de las traiciones.

El Salmo 41, atribuido a David, describe escenas muy dolorosas y trágicas. El versículo 9 dice: "Aun mi propio familiar en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar" (41:9). Es un versículo que expone de manera cruda el dolor de ser traicionado. Cuando David compuso este salmo, enfrentaba no solo a enemigos que querían quitarle la vida, sino también el sufrimiento causado por quien compartía con él la mesa y participaba en un vínculo de intimidad y confianza. En la cultura oriental, comer juntos implicaba una relación especialmente cercana, de amistad y fraternidad. Por ello, la expresión "alzar el calcañar" pone de manifiesto una acción sumamente cruel, violenta y llena de intenciones malvadas.

El pastor David Jang destaca la importancia de meditar en este profundo significado, relacionándolo con la obra y las palabras de Jesús. En la última cena, Jesús anuncia de antemano su sacrificio, mostrándoles a los discípulos que su entrega proviene del amor. El acto de lavarles los pies -tarea propia de un sirviente en aquella época- ilustra, de forma drástica, la humildad y el servicio de Jesús. Además, al partir el pan y ofrecer la copa, Jesús anticipa la entrega de su cuerpo y su sangre. Sin embargo, en medio de este profundo acto de amor y gracia, germina la semilla de la traición.

Judas Iscariote, "el que come mi pan", se convierte también en "el que alza el calcañar" contra Jesús. En la expresión "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar" se condensan tanto la intimidad de compartir la mesa como la ferocidad de aquella traición que rompe, en un instante, ese lazo de confianza. En la cultura judía, compartir el pan a la mesa es un símbolo de verdadera amistad y hermandad. Pero justamente en ese espacio de gracia, Judas decide vender a Jesús por treinta monedas de plata. En la segunda mitad de Juan 13, se describe que, tras la entrega del pan, Judas sale inmediatamente: "Y era de noche". Esta escena, teñida de oscuridad, representa simbólicamente su paso hacia las tinieblas de la traición. El pastor David Jang subraya la tristeza y la conmoción de este hecho, invitándonos a contemplar más seriamente su peso dramático.

El Salmo 41:1 habla de la bienaventuranza de "considerar al pobre", lo cual conecta de forma natural con la escena en que Jesús lava los pies de sus discípulos. Allí se refleja cómo el Señor, ocupando el lugar más humilde, cubre la debilidad humana, dándoles oportunidad de cambiar su corazón. Aun conociendo perfectamente la intención de Judas, Jesús le ofreció una y otra vez la posibilidad de arrepentirse: compartió el pan con él y le lavó los pies, mostrándole la senda para dar marcha atrás. Sin embargo, Judas no logró extirpar la codicia y la inclinación hacia la traición que lo dominaba. Así emprendió el camino más trágico.

Por tanto, el pastor David Jang advierte que la apostasía y la decadencia espiritual, como la de Judas, pueden suceder incluso hoy dentro de la comunidad de fe. Aunque uno haya experimentado una comunión profunda con Jesús, siempre hay peligro de sucumbir ante la tentación y el engaño de Satanás. Ni siquiera participar activamente en la obra de Dios -Judas administraba la bolsa del dinero y fue un discípulo de confianza- garantiza la firmeza de la fe. La corrupción del corazón puede comenzar en lo más profundo y avanzar si no se la confronta. Por ello, los creyentes hemos de velar por nosotros mismos, confesar el pecado y buscar la renovación constante en el Espíritu Santo para mantener una relación íntima con el Señor.

En el versículo 4 del Salmo 41 leemos la súplica: "Sana mi alma, porque contra ti he pecado". Podríamos afirmar que esta era la oración que Judas debió haber elevado. El pastor David Jang insiste en que todos podemos pecar y sucumbir a la tentación, pero el problema real surge cuando, tras la caída, no reconocemos nuestra falta ni damos marcha atrás, cayendo en la autojustificación y el autoengaño, alejándonos aún más de la comunión con el Señor. Probablemente Judas no planeó desde el principio traicionar a Jesús; sin embargo, su afán por el dinero y su inconformidad con las acciones del Maestro pudieron alimentar la rabia y la desilusión en su interior. Poco a poco, esto se agravó hasta desembocar en la traición.

Con todo, el Salmo 41 menciona en el versículo 1: "Jehová lo librará en el día del mal". Esto indica que Dios siempre deja abierta la puerta para quienes deciden arrepentirse y volverse a él. Jesucristo demostró esto de manera palpable en la última cena: lavando los pies de Judas, partiéndole el pan y brindándole su última muestra de misericordia. Sin embargo, Judas despreció esa oportunidad y, al salir del aposento, se sumergió en la oscuridad. Esta escena repite el dolor vivido por David cuando fue traicionado, pero lo profundiza, pues es el Mesías quien lo padece.

La traición de Judas añade un "calvario interno" más a Jesús. El Señor ya estaba a punto de cargar la cruz por los pecados del mundo, y a ese sufrimiento se suma la traición de quien convivía con él en la mayor cercanía. El pastor David Jang nos invita a contemplar con el corazón la "soledad de la cruz" y la "amargura de la cruz" que Jesús experimentó. Aun durante su ministerio público, Jesús estaba rodeado de multitudes; no obstante, en el momento crucial, no podía apoyarse en nadie. Sus discípulos no lo comprendieron y, más tarde, se dispersaron; hasta Pedro lo negó tres veces. En este triste panorama, lo de Judas fue la puñalada más honda. Para Jesús, la realidad expresada en el Salmo 41:9 se hizo carne propia.Aunque el Salmo 41 fue originalmente un clamor de David, Jesús se identifica con dicho texto, mostrándose como el cumplimiento de esa profecía. Tanto David como Jesús conocieron el dolor de ser traicionados por un allegado. Sin embargo, mientras David clamó a Dios pidiendo salvación, Jesús recorrió voluntariamente el camino del sacrificio, abrazando la cruz aun por el traidor, y desde la cruz intercedió: "Padre, perdónalos". Allí yace la culminación del amor de Jesús, y se evidencia hasta qué punto puede llegar la maldad humana.

El pastor David Jang exhorta a examinar si hoy podemos albergar en nuestro interior la misma actitud de Judas. Aunque hayamos recibido mucha gracia y amor del Señor, es posible que en algún momento nos demos la vuelta y abandonemos el lugar de la comunión y el amor. El resentimiento, la ira, la insatisfacción o la codicia que permanecen en nuestro corazón no son asuntos menores. Si las dejamos crecer, podemos acabar en un punto sin retorno. Judas acabó olvidando el amor de Jesús, desviando su mirada hacia el dinero, el provecho terrenal o quizá alguna ambición política frustrada, y terminó vendiendo a su Maestro.

¿Cómo evitar esta tragedia? El salmista del Salmo 41:4 ruega: "Sana mi alma, porque contra ti he pecado". Reconoce su propia maldad y pide el perdón divino, volviéndose a Dios. Si Judas hubiera orado de este modo, la historia habría podido cambiar. Pero se negó a ese camino. La culpa y la ruina espiritual tras la traición lo llevaron a un trágico desenlace: se quitó la vida, aterrorizado por el peso de su crimen. Este suceso ejemplifica la fuerza destructiva del pecado.

No obstante, el pastor David Jang hace hincapié en la compasión y la protección divina que también resplandecen en el Salmo 41: "No lo entregarás a la voluntad de sus enemigos" (41:2). Dios no abandona a quien regresa arrepentido. Jesús, hasta el final, mostró su amor por Judas e intentó retenerlo. Esta es la esencia del carácter divino y la verdad final de la obra salvadora de Cristo. Cualquier persona que se humille y retorne a Dios, confesando su pecado, obtiene perdón. No hay pecado tan grave que el Señor no pueda redimir. Sin embargo, si una persona rechaza esa gracia y cierra su corazón, ni siquiera la misericordia de Dios la obligará a volver. Así, Judas corrió hacia su propia destrucción.

Por otra parte, este pasaje también enseña la importancia de la vida comunitaria y de cuidarnos mutuamente. Cuando Jesús anunció "Uno de vosotros me va a entregar", los discípulos se sorprendieron y se miraron entre ellos, pero no impidieron la salida de Judas. Aunque el Señor veía en lo profundo del corazón de Judas, el resto de los discípulos permanecía ignorante o indiferente a su lucha interior. En nuestras iglesias, a veces ocurre lo mismo: podemos orar y servir juntos, mas si alguien alberga dudas, descontento, ira o codicia, y la comunidad no lo percibe ni lo auxilia con cariño, la tragedia puede consumarse. La experiencia de Judas nos recuerda que compartir el pan y estar juntos no siempre significa estar unidos en corazón y alma.

Puede que Judas cumpliera con su rol de tesorero de los discípulos tras seguir a Jesús durante más de tres años, viéndole hacer milagros y oyendo sus enseñanzas, y aun así, su corazón estaba entregado a la codicia. Su caso manifiesta la diferencia entre lo que se ve por fuera y lo que acontece en lo más profundo del alma. El pastor David Jang concluye que, para discernir la verdadera condición espiritual de cada uno, es esencial la comunión sincera, la exhortación fiel y la sensibilidad al Espíritu Santo dentro de la iglesia. Solo así se evitarán grietas fatales en el cuerpo de Cristo.

Lo más relevante es la actitud de Jesús. Aun sabiendo la intención de Judas, no dejó de tratarlo con misericordia ni de lavarle los pies. Así cumplió lo que dice el Salmo 41:1: "Bienaventurado el que piensa en el pobre"; es decir, que el Señor reconoce nuestra pobreza espiritual y nos brinda la oportunidad de arrepentirnos. Lamentablemente, Judas despreció hasta la última muestra de gracia y huyó en la oscuridad. Este es el trágico choque entre el amor divino y la voluntad humana.

En la aplicación pastoral, David Jang destaca dos puntos: primero, la necesidad de la iglesia de amar y aconsejar hasta el fin a quien se encamina a un camino equivocado, y segundo, la urgencia de proteger a la comunidad. Tal vez algunos no atiendan a la corrección y terminen traicionando a los hermanos, pero el ejemplo de Jesús nos enseña que debemos perseverar en el amor y el servicio hasta el último momento. También en la disciplina eclesial debe prevalecer, ante todo, el anhelo de que la persona se arrepienta y reciba la gracia del perdón.

Además, cada creyente ha de examinarse: "¿Soy yo, Señor?" Esto hicieron los discípulos cuando Jesús anunció la traición. Es la postura humilde que hemos de adoptar a diario: preguntarnos si estamos albergando resentimiento, enfado o avidez en el corazón. Si detectamos algo así, lo mejor es detenernos, confesarlo y volver inmediatamente al Señor, pues, de otro modo, con el paso del tiempo, la dureza del corazón aumentará. El pastor David Jang enfatiza que el Salmo 41:4 -"Sana mi alma, porque contra ti he pecado"- sigue siendo hoy la oración esencial para cualquier hijo de Dios.

Como comunidad de fe, la iglesia es un "hospital espiritual" donde los pecadores se congregan para arrepentirse y ser sanados. El lavamiento de los pies que realizó Jesús a los discípulos es el modelo de cómo la iglesia debe conducirse con los débiles y necesitados: acercarse a ellos, servirles, llamarles a la transformación. Cuando la iglesia descuida esta misión, pueden surgir personas con un espíritu de traición como el de Judas. El pastor David Jang recuerda que Judas es el ejemplo de alguien que, al "comer el pan del Señor", se endurece tanto que termina "alzando el calcañar" en su contra.

Por eso, la pregunta que se plantea es: "¿Estoy participando del pan del Señor con auténtica gratitud o corro el riesgo de terminar traicionándolo?" El acto de comer el pan simboliza la comunión, la participación en la gracia y la salvación de Jesús. Pero si no internalizamos su verdadero significado, la celebración de la Cena del Señor puede convertirse en un mero rito y dejar el corazón cada vez más frío. Entonces, aunque tomemos la santa cena con frecuencia, podríamos encontrarnos distantes del Señor. Judas participó en la última cena y recibió el pan de la mano de Jesús, pero no acogió el mensaje de amor y sacrificio que aquel pan representaba, y salió al encuentro de la noche oscura.

El pastor David Jang alerta contra el peligro de un cristianismo meramente formal y ritual. Para afrontar este desafío, la iglesia necesita la iluminación constante del Espíritu Santo en sus celebraciones, predicaciones y enseñanzas. De lo contrario, hasta la Cena del Señor, instituida para hacernos partícipes del cuerpo y de la sangre de Cristo, puede convertirse en un acto vacío. Por ello, durante la celebración de la Cena, el ministro y la congregación deben reflexionar seriamente: "Esta es la carne y la sangre del Señor; quienes la reciben están proclamando Su muerte hasta que él venga". El principal objetivo es interiorizar el sacrificio de Jesús y comprometernos a vivir conforme a ese amor. Sin esta conciencia, la repetición mecánica de los ritos puede endurecer el corazón en lugar de avivarlo.

Cuando Jesús cita el Salmo 41 y añade: "Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy" (Jn 13:19), anuncia que los discípulos, tras experimentar la traición de Judas, reconocerían con mayor firmeza que él es el Mesías enviado por Dios. De manera paradójica, la traición revela el conocimiento previo de Jesús y la consumación de la profecía. Al comprender que el Señor lo sabía todo de antemano y que el Antiguo Testamento se cumplía en él, los discípulos, después de la resurrección y ascensión, se fortalecieron para establecer la iglesia. Aunque la traición de Judas incrementó el dolor de Jesús, también formaba parte del plan salvífico: condujo a la culminación de la cruz y mostró por completo a Cristo como el Dios encarnado que tomó nuestros pecados.

La traición no excusa la responsabilidad de Judas. Aunque este evento estaba dentro del plan de Dios, Judas eligió libremente su camino y no se arrepintió, soportando al final las terribles consecuencias. Este punto ilustra la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana. El pastor David Jang señala que no debemos caer en debates sin fin sobre esta tensión, sino recordar que cada individuo es responsable de su pecado, y que Dios, aunque se valga de esa maldad en su plan supremo, nunca la justifica.

Así, el mensaje que atraviesa el Salmo 41 y Juan 13 se resume en la contraposición entre el "amor que llega hasta el fin" de Jesús y la posibilidad humana de rechazarlo. Mientras Jesús avanza hacia la cruz con un amor infinito, las personas, representadas en Judas, pueden darle la espalda. Este hecho advierte a la iglesia de dos realidades: primera, la necesidad de amar e interceder por los pecadores hasta el final; segunda, que si alguien se obstina en su pecado y no se arrepiente, la iglesia no podrá forzarlo. El pastor debe ejercer paciencia y amor, y la comunidad ha de velar y exhortar con diligencia. Pero la decisión final corresponde al individuo.

David Jang cierra enfatizando que todos debemos cuidarnos de no convertimos en los que "alzan el calcañar" tras haber "comido el pan" del Señor. A la vez, hemos de preguntarnos si albergamos el germen de la traición en nuestro interior, y si experimentamos resentimiento o desilusión contra Cristo. El diablo se sirve de esas brechas para arrastrarnos a pecados más graves. En contrapartida, si detectamos un hermano que se aleja o está en conflicto serio con la comunidad, hemos de acercarnos, como hizo Jesús con Judas, para amarle hasta el fin. Aunque la persona no responda, al menos la iglesia deberá haber cumplido con su responsabilidad de ofrecerle el camino del arrepentimiento. De lo contrario, si la persona rechaza la comunión, la consecuencia de su pecado será inevitable.

Esta enseñanza también arroja luz sobre cómo actuar ante conflictos o traiciones dentro de la propia iglesia. La respuesta no es expulsar de inmediato a quien comete una falta, sino primero llamarlo al arrepentimiento y buscar la reconciliación. El pastor David Jang insiste en que solo así se produce la auténtica restauración y sanidad. La historia demuestra que las traiciones y disputas surgen con frecuencia en las congregaciones, causando heridas profundas. Pero si la iglesia recuerda el Salmo 41 y el ejemplo de Cristo, en lugar de apresurarse a condenar o castigar, se centrará en ofrecer un espacio de arrepentimiento y gracia. Desde luego, no siempre se logrará la reconciliación; puede haber quienes, como Judas, endurezcan su corazón y se marchen. Sin embargo, la iglesia debe ser fiel al amor demostrado por Jesús.

En definitiva, el pastor David Jang subraya que el Salmo 41 y Juan 13 nos revelan la repetición del drama de la traición, impulsada por la condición pecaminosa del hombre que no se arrepiente. Pero, al mismo tiempo, vemos que Dios siempre prepara una vía de redención. Jesús amó y sirvió a Judas hasta el fin, y a sus discípulos les mostró el cumplimiento de la profecía, confirmando así Su identidad como el Mesías. Hoy, la iglesia vive inmersa en esa tensión entre la soberanía de Dios y la libre voluntad humana. Nuestro deber es amar y amonestar al pecador, y estar siempre alertas para no caer en la misma traición. Y, sobre todo, hemos de meditar día tras día en el significado de la Cena y de la cruz, preguntándonos: "¿Recibo el cuerpo y la sangre del Señor con profunda gratitud?", para que no se repita el lamento de Jesús: "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar".

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2. La traición de Judas y la tarea de la comunidad eclesialAl aplicar este texto al contexto pastoral, el pastor David Jang se pregunta cómo debe comportarse hoy la iglesia. Subraya especialmente la frase "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar" y la actitud de los discípulos que no supieron discernir la intención de Judas ni el dolor de Jesús. Aun estando muy cerca de Jesús, recibiendo su confianza -como Judas que administraba el dinero-, alguien puede llegar a traicionarlo, si en lo profundo de su corazón anida la codicia u otra motivación oculta.

Después de que Judas abandonó la sala, los demás discípulos no comprendieron bien lo que sucedía. Jesús ya había anunciado "Uno de vosotros me va a entregar", pero nadie intentó detener a Judas o hacerle recapacitar. Algunos pensaron que salía para ayudar a los pobres o comprar algo necesario. Esto pone de manifiesto que los discípulos carecían de la sensibilidad espiritual para advertir la crisis interior de su compañero, y que no existía entre ellos una comunión suficientemente profunda para compartir el estado real de su corazón. Si la comunidad hubiera estado atenta y hubiera dialogado con Judas cuando empezó a albergar dudas y descontentos, se podría haber evitado este desenlace. Pero no fue así.

El pastor David Jang señala que esto ocurre también hoy en muchas iglesias. Personas que asisten regularmente al culto, participan en la liturgia y hasta sirven en algún ministerio, pueden caer de pronto en un estado grave de decadencia espiritual, abandonar la iglesia o causar un gran perjuicio a la congregación. Tras investigar, suele descubrirse que, por dentro, estas personas albergaban resentimiento o insatisfacciones durante mucho tiempo, mientras que la comunidad, al ver la aparente normalidad de su servicio, se confiaba. Si hubiera existido un acompañamiento sincero y constante, a través de la oración y la comunión, tal vez se habría evitado la catástrofe. De ahí la pertinencia de la advertencia de Jesús: "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar".

Judas, como miembro del grupo de discípulos, estuvo al lado de Jesús durante unos tres años, contempló milagros, escuchó enseñanzas y participó en la obra evangelizadora. Seguramente inspiraba confianza, al punto de encargarse de la bolsa común. Sin embargo, interiormente, sus ambiciones crecían. Este relato nos recuerda que la apariencia externa puede engañar y que la iglesia no puede evaluar solo con base en lo que se ve. Se requiere una comunión auténtica, sensibilidad espiritual y un amor que amonesta, para evitar que surjan grandes fisuras en el cuerpo de Cristo.

También destaca la postura de Jesús, que, aun conociendo la traición de Judas, nunca dejó de demostrarle afecto. Hasta el último momento, lo trató como a los demás, lavó sus pies y compartió el pan con él. Cumple así lo indicado en el Salmo 41:1, "Dichoso el que se ocupa del débil"; Jesús, al ver la pobreza espiritual de Judas, le dio toda oportunidad de enmendarse. Finalmente, no fue el amor de Jesús lo que falló, sino la obstinación de Judas. Esta es la dolorosa paradoja de la libertad humana frente a la oferta infinita de gracia divina. Ni siquiera el amor infinito de Dios viola la voluntad del hombre que se cierra.

Este episodio muestra al pastor David Jang la necesidad de un equilibrio pastoral: si detectamos que alguien va por el camino del pecado, debemos aconsejarlo con amor y paciencia, sin renunciar a la verdad. Aunque esa persona insista en rechazar la corrección, hemos de buscar con esmero su restauración, abriendo siempre una vía para la reconciliación. No se trata de encubrir pecados que dañan a la comunidad, sino de brindar la oportunidad de arrepentirse antes de recurrir a la disciplina. El ejemplo de Jesús refleja la humildad y el amor supremos, incluso ante la inminencia de la traición.

Por otra parte, cada creyente debe vigilar su propia fe. Cuando Jesús dijo "Uno de vosotros me va a entregar", todos los discípulos se preguntaron: "¿Soy yo, Señor?". Esa duda honesta nos recuerda que todos somos susceptibles de traicionar a Jesús. Debemos preguntarnos a diario: "¿Estoy cultivando algún resentimiento contra Dios? ¿Me invade la codicia? ¿Estoy recibiendo la gracia de Jesús con gratitud sincera, o estoy cumpliendo ritos vacíos?". El pastor David Jang enfatiza la urgencia de detenerse a tiempo y confesar cuando sentimos que nos alejamos del Señor. De lo contrario, nuestro corazón se endurece más y más.

El Salmo 41:4, que reza "Sana mi alma, porque contra ti he pecado", resulta sumamente necesario para la vida cristiana. Todos somos frágiles y tenemos la inclinación a pecar, por lo que requerimos el perdón y la curación de Dios. La iglesia debe ser lugar de arrepentimiento, sanidad y crecimiento. El ejemplo de Jesús lavando los pies a los discípulos indica cómo debemos tratar a los débiles, a los que sufren o se hallan atrapados en pecado: con amor, servicio y guía hacia el arrepentimiento. Si la iglesia no asume tal misión, se multiplicarán casos como el de Judas.

El pastor David Jang interpreta que la frase "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar" nos invita a cuestionarnos: "¿Vivo realmente agradecido por el pan que me da el Señor, o estoy en peligro de traicionarlo algún día?". Esto es válido también para la iglesia en su conjunto. Comer el pan alude a participar de la comunión y del sacramento de la Cena del Señor. Pero si la iglesia pierde de vista su verdadero significado y lo reduce a un simple formalismo, el corazón de los fieles puede enfriarse e, incluso, apartarse de Cristo. Esa fue la tragedia de Judas, quien recibió el pan de manos de Jesús y, acto seguido, salió a venderlo. Se trata de un ejemplo extremo de lo que implica recibir indignamente la Cena del Señor.

Por eso, el pastor David Jang exhorta a buscar con fervor la unción del Espíritu Santo, para que la predicación de la Palabra, la adoración y la celebración de la Cena cobren su pleno sentido, encendiendo los corazones en lugar de endurecerlos. Una religión mecánica y ceremonial solo produce apariencia, no vida verdadera. Muchos diagnostican que la iglesia actual atraviesa una crisis precisamente por la rutina vacía de sus prácticas. "¿Con qué actitud nos aproximamos al pan y la copa del Señor?" es una pregunta que los líderes y la congregación deben plantearse sin cesar.

Jesús declara: "Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy" (Jn 13:19), indicando que la traición de Judas, además de ser un hecho desgarrador, confirmaría posteriormente a los discípulos que él es el Mesías. Puesto que todo salió a la luz tal como lo había predicho, los discípulos, tras la muerte, resurrección y ascensión de Jesús, pudieron fundar la iglesia con mayor seguridad en Su divina identidad. Aunque la traición de Judas sumió a Jesús en un dolor aún más profundo, también formaba parte del plan de redención: Llevó a Cristo hacia la consumación de la cruz, revelando el alcance total de su encarnación y sacrificio. Reconocer la soberanía de Dios incluso en los peores escenarios infundió a los discípulos un valor que más tarde los llevó a soportar la persecución y el martirio.

Sin embargo, todo esto no disculpó en absoluto a Judas, quien no se arrepintió, asumiendo las terribles consecuencias de su elección. El pastor David Jang señala que la Biblia muestra el delicado equilibrio entre la providencia divina y la libertad humana. Dios puede usar el mal para sus propósitos, pero eso no exime al hombre que lo comete. Con Judas se ve con claridad: él decidió su destino, y la soberanía divina no disminuyó su responsabilidad personal.

En última instancia, el Salmo 41 y Juan 13 enfatizan el contraste entre el amor de Jesús -que ama "hasta el fin"- y la dureza del corazón humano -capaz de "rechazar hasta el fin". Jesús avanza a la cruz por amor, mientras el hombre puede volverse en su contra. Hoy, la iglesia se sitúa ante ese mismo dilema. Por un lado, debemos insistir en el amor y la reconciliación; por otro, si alguien se obstina y no se arrepiente, recae sobre él la responsabilidad de su pecado. El pastor David Jang insta al pastorado y a la comunidad a seguir amando, orando y acompañando a los creyentes, conservando la unidad y edificándose mutuamente. Pero la conversión del corazón depende de cada individuo.

El pastor concluye que debemos cuidarnos todos de no alzar el calcañar tras haber comido el pan del Señor, revisando si en nuestro interior hay brotes de resentimiento o codicia. Si alguno en la congregación muestra señales de haberse apartado o de causar rupturas, la comunidad debe actuar con amor hasta el fin, como hizo Jesús. Aunque la persona se cierre, la iglesia habrá cumplido su responsabilidad, dejando la puerta abierta al arrepentimiento. Si, pese a ello, el individuo persiste en su camino, sufrirá las consecuencias de su propia decisión.

Esta perspectiva ofrece una orientación para afrontar conflictos y traiciones dentro de la iglesia. La decepción mutua y las heridas son inevitables, mas el método de Jesús siempre fue "amar hasta el extremo". Según el pastor David Jang, cuando la iglesia abraza esta actitud, se dará el clima propicio para la sanidad. Es cierto que en la práctica puede haber fracasos, como ocurrió con Judas. Pero, al menos, la iglesia ha de esforzarse por manifestar el amor de Jesús "hasta el fin".

En conclusión, el pastor David Jang sostiene que el Salmo 41 y Juan 13 nos recuerdan que la traición que padecieron David y Jesús puede repetirse una y otra vez en la historia humana. La raíz está en la condición pecaminosa de cada uno que, si no se arrepiente, desemboca en el rechazo de la gracia. No obstante, Dios dispone caminos de restauración. Jesús extendió su mano a Judas incluso en el último instante, y anunció a los discípulos el cumplimiento de la profecía para que, al final, creyeran que él es el Mesías. Hoy también vivimos la tensión entre la soberanía de Dios y la libertad humana. La tarea de la iglesia consiste en equilibrar el amor y la corrección, sin cesar de velar para no caer en traición, y recordando cada día la profundidad del sacrificio de Jesús en la Cena del Señor. Al reflexionar seriamente: "¿Reconozco todavía su amor y sacrificio por mí?", evitaremos reproducir el lamento de Jesús: "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar". Más bien, avanzaremos hacia una comunidad llena de amor y servicio, que encarna en la práctica el evangelio de la reconciliación.

Para sintetizar esta enseñanza, el pastor David Jang recurre a la frase: "Acompaña hasta el final". Jesús, aun sabiendo lo que sucedería, lavó los pies de Judas y le ofreció una y otra vez la oportunidad de volverse atrás. Asimismo, la iglesia debe atender con paciencia y amor a quien se halle a punto de extraviarse, al tiempo que reconoce que no puede forzar la decisión personal. Dios otorga a cada uno el libre albedrío, y ni el amor infinito de Cristo lo quiebra si la persona no se abre. Sin embargo, la comunidad cristiana debe evaluarse para comprobar si ha hecho todo lo posible por amar, aconsejar y proveer un espacio de arrepentimiento. Esa es la forma de cumplir la voluntad del Señor y de impedir que se reedite la escena dolorosa: "El que come pan conmigo, alzó contra mí su calcañar". Si la iglesia abraza esta vía, podrá convertirse en un lugar donde, en vez de traición, prevalezca la misericordia y la sanidad mutua.